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La violación como construcción: una propuesta para transformar el guión
Por: Andrea Ramírez Sánchez

“No es de ti mismo de quien me burlo, Rábido.
Me burlo del personaje que Lima ha hecho de ti.
Ese audaz invasor es digno de mi sátira memorable.
Tú no cuentas para nada.”

Julio Ortega (Otra vez tú)
Lima, 1970

Introducción
La violencia es inseparable de la noción de género pues se basa y se ejerce en y por la diferencia que supone el ser mujer y el ser hombre . En este sentido, haciendo un recorrido histórico, nos topamos con que las mujeres han experimentado siempre una condición de victimización por formar parte de un grupo que las sociedades consideran vulnerable, condición a la que han tenido que enfrentarse dada la discriminación de género en cualquier esfera de sus vidas, tanto en el espacio privado como en el público.
La violencia tiene diversas dimensiones ―física, sexual, psicológica y económica ―. La violencia sexual hacia la mujer se da cuando se le impone un acto de índole sexual contra su voluntad, y se expresa como negación de sus necesidades y deseos, es decir, se le cosifica o utiliza como objeto erótico. La asociación entre la sexualidad y la violencia es ejemplificada en el caso de la violación, que comprende la penetración por la vagina, el ano o la boca, usando la fuerza, amenaza y/o intimidación; ésta afecta la libertad y la dignidad y produce efectos en la integridad física, moral y psíquica.
Silvia Chejter especifica que la violación sexual, a diferencia de la situación de maltrato, es asimilada a un delito ocasional, azaroso y al encuadrarlo de esta manera se diluye el conflicto sexual-genérico (sexista). A partir de este contexto analizaremos cómo la construcción social de la violación ―con sus componentes y participantes―, basada en la desigualdad sexual, ha implicado que ésta sea tolerada, legitimada y hasta promovida, y que a las mujeres se les adjudiquen controles que han internalizado y que vician sus impulsos y deseos sexuales, llenándolas de duda, culpa y ansiedad.

Construcción de la violación

Sexualidad femenina: cuerpo y género
Durante más de un milenio imperó en el imaginario social que existía un solo sexo, que la diferencia entre hombres y mujeres era sólo una diferencia de grado, es decir, “los hombres eran más perfectos, estaban mejor acabados”, siendo el cuerpo femenino vulnerable, sin fuerza, incompetente para suplir sus deficiencias con herramientas que podrían derrotar el poder del pene, señala Thomas Laqueur .
Según interpretaciones construccionistas, la sexualidad es una construcción simbólica, Laqueur afirma que, como atributo humano y de primera importancia, con un objeto específico ―el sexo opuesto― es producto de finales del siglo XVIII y no tiene nada de natural. Se convierte así en un conjunto de conductas, actitudes y deseos relegados al ámbito privado. Pensar a la sexualidad como una experiencia históricamente constituida a través de formas racionales representadas en discursos e instituciones y no simplemente como un hecho natural y universal implica una nueva concepción del cuerpo humano y a la hora de tratar de determinar cuál es el papel de las mujeres, se les imprime un peso muy grande.
La sexualidad femenina ha estado bajo el dominio de la represión, de la restricción y del peligro; hablar de ella implica señalar la violencia a la que está expuesta la mujer, es hablar de una potencial violencia sexual. Entre otros autores, Lore Aresti puntualiza que a partir de la diferencia anatómica entre los sexos, cualquier hombre está capacitado para usar sus genitales como arma de violencia y sometimiento sobre cualquier mujer. Si bien esta afirmación escencialista puede usarse como aval (¿justificación?) para la violación, es la construcción genérica la que imprime mayor sustento a tal acción.
Varios hombres son incapaces de aceptar un rechazo, pues consideran que su sexualidad no puede ser cuestionada, forzando así a la mujer. Dentro de esta ideología se da la violación, no es cuestión de estar “enfermo”, “perturbado” o “alcoholizado”.
Las sexualidades femenina y masculina están polarizadas por un sistema de géneros dominante que delega timidez, inhibición y control a la primera, ocasionando que se viva como peligrosa y con un temor (construido) que empaña la capacidad de defensa ante una agresión sexual. Hablo de la construcción del miedo en el sentido de que está sustentado en los estereotipos de género que colocan a las mujeres en una situación inferior y de mayor vulnerabilidad, no están habituadas a conductas agresivas, deben vivir con la violencia o con el temor de que les pase, o en todo caso evitarla con conductas de resguardo.

Construcciones sociales
En sociedades subsumidas en el sistema patriarcal donde predomina el uso de la fuerza y del poder como instrumento de intimidación, el contrato sexual (perspectiva feminista del contrato social ) estableció reglas de acuerdo al acceso al cuerpo de las mujeres, considerándolas propiedad de los hombres. Es así que Georges Vigarello da cuenta de que la violación constituye un acto de sexo tanto como de posesión, visto en siglos pasados como un crimen hacia el “amo”, como un daño hacia el objeto propiedad del padre, hermano o esposo. Si la sexualidad es vista como una propiedad de los hombres, la violación se vuelve el robo que hace un hombre de la propiedad de otro. Lo que en el tiempo ha trascendido de esta concepción es una estrategia social de opresión a través de la violación, la débil atención a la problemática como un asunto que permea la integridad femenina y que favorece su cosificación como objeto erótico.
En cuanto al hombre, su condición violenta responde a una construcción social en la que se le conforma como la parte dominante del sistema y en la que las cualidades valoradas como valentía, fuerza, seguridad, son masculinas. De esta manera, los hombres buscan mantener el modelo a toda costa. Vendrell afirma que se le construye como violento sexual y para dejar de serlo tendría que dejar de ser “hombre”, es decir, dejar el ejercicio legítimo de la violencia a partir de la cual hostiga, abusa y viola.
Dado que los hombres tienen una elección frente al poder violar y la mujer no tiene alternativa frente a la posibilidad de ser la siguiente víctima, ellos han mantenido una sujeción a través del miedo, por la intimidación y uso de la fuerza, perseverando así, su posición de poder.
Pero esta construcción masculina no tendría sentido sin su contraparte femenina, en la cual ejercerá su poder asignado, su fuerza desarrollada y su permisividad social a demostrar su supuesta superioridad. Para ello es necesario que el género femenino esté relacionado con la pasividad, la abnegación y la obediencia, en una alienación que sitúa a las mujeres en el lugar de víctimas por el solo hecho de ser mujeres, a unas por no ser capaces de defenderse y a otras por provocar al agresor, negándole a éste cualquier responsabilidad por sus actos. Marta Torres se refiere al “superhombre” y a la “mujer abnegada” como figuras de humo que han creado una dinámica tan perversa como destructiva, la violencia.
Todo ello conduce a que la violencia de género y sexual no tenga un lugar como excepcional, y por lo tanto, pase a ser cotidiana y se trivialice, alojándose así en un contexto de impunidad.

Mitos de la violación
El fenómeno de la violación contra las mujeres está rodeado de mitos relacionados con la concepción que se tenía sobre la mujer, considerada como objeto de posesión de los hombres. A pesar de que el lugar de la mujer en la sociedad ha ido cambiando, los mitos permanecen casi idénticos, de hecho, varias leyes están basadas en ellos, así como la interpretación y valoración de éstas por parte de funcionarios (as) y jueces (zas).
Las creencias equívocas parten de la idea errónea de que la conducta del violador está motivada por el deseo sexual y que la violación está dirigida a obtener gratificación del instinto sexual. Sin embargo, análisis clínicos revelan que las necesidades no son sexuales, que por otra parte, es la expresión de vivencias que tienen que ver con el poder, manifestadas a través de una conducta sexual.

Los mitos acerca de la víctima aluden a lo “natural” y “esperable” de la mujer: la mujer busca o provoca la violación, la violencia sexual es el único delito en que se intenta culpar a la víctima, esto no se hace con un robo o una explotación de bienes; la violación es un crimen pasional; ninguna mujer puede ser violada en contra de su voluntad; cuando una mujer dice “no” en realidad está diciendo “sí”; las mujeres solo están seguras acompañadas de un hombre, muchos han sido atacados por el mismo individuo que violenta a su compañera, o bien, muchas violaciones ocurren dentro de las casas y/o con conocidos; “esto no me puede pasar a mí”, nos impide solidarizarnos, prevalece la ideología patriarcal de la división entre “buenas y malas” cuando puede darse en cualquier hora, lugar y por cualquier hombre.

“Yo no veo la diferencia, las putas y las que van al cerro son lo mismo. Si se andan ahí dizque paseando con el novio, y peor si salen solas, pues se la buscan ¿no? Si estuvieran planchando y cosiendo en su cantón no les pasaría nada ¿no? Para mí que el macho al jalón y la vieja al cantón. Ora que dicen que la independencia ¿no?, por ahí se lo buscan. A lo mejor es castigo de Dios ¿no? ¿usted cómo cree?”.
Los mitos sobre el victimario apuntan hacia su “instinto sexual” y lo eximen de toda responsabilidad: el violador es un sujeto supersexuado, muchas veces se constituye un acto desesperado de experiencias de frustración e inseguridad que el sujeto no puede manejar; la motivación primaria de la violación es sexual; la violencia sexual es un acto impulsivo, algunos estudios señalan que el mayor porcentaje la violación fue premeditada y planeada; la violación sólo la ejecutan personas desconocidas para la víctima; el violador tiene un bajo nivel de estudios o cultural; la violación es motivada por el alcohol, ¿acabar con el alcoholismo acabaría con las violaciones?

Los Mitos acerca de las soluciones están relacionados con las necesidades sexuales de los hombres: una legislación más laxa y amplia en relación con la prostitución, los hombres no buscan gratificación sexual y varias prostitutas son víctimas; castración como control de la sexualidad del violador, el enojo causaría otras formas de violencia física; encarcelamiento, saldrá más conflictuado por la violencia, frustración y agresión de la prisión; psicoterapia en la cárcel, esta rehabilitación no es el común en ninguna parte del mundo; dado que se considera el alcohol causa de la violencia, combatir la violación únicamente desde esta idea.
La violación es un problema social, afortunadamente está siendo estudiada desde más perspectivas, así la psicológica ha aportado un conocimiento más amplio y complejo en relación con los violadores.
Los mitos y estereotipos son parte del imaginario social acerca de la violencia hacia las mujeres, el cual actúa sobre el imaginario personal. Sustentan una lucha entre lo que la mujer es y lo que debe ser, entre lo permitido y lo prohibido. Consienten penalizar a las mujeres cuando se salen de su papel.
Aunque los mitos tranquilizan por su simplicidad es necesario desenmascararlos ya que proponen y sostienen medidas preventivas que nada resuelven. Es una problemática que debe ser enfrentada en lo: individual, social, psicológico, cultural, legal, económico y político.
La normatividad contra la violación en las leyes procura que los hombres dejen de usar su “poder” para violar, cuando no implementa estrategias para que las mujeres incrementen su capacidad de enfrentarse a ellos. Por otra parte, los consejos de defensa personal van más en el sentido de técnicas pasivas pues suponen al cuerpo masculino como invencible, se refieren poco a las partes vulnerables de éste como blanco de ataque para las mujeres.


Una educación que condena
La educación que reciben las mujeres está cargada de códigos que indican que no debe ser agresiva, ni fuerte, ni tener deseos, ni sensaciones sexuales y mucho menos actuarlos. Por un lado se les ha enseñado a conservar su virginidad y por otro, a no provocar los impulsos sexuales de los hombres.
En cambio el victimario responde a condicionamientos sociales que le enseñaron a pensar y actuar con las mujeres como si fueran objetos de su posesión y uso; en ocasiones responde a condicionamientos internos relacionados con situaciones de fracaso en términos de control de sus motivaciones y sentimientos de frustración e inadecuación.
A Mary Gaitskill le dijeron que las niñas buenas no tenían relaciones sexuales, solo las malas. No daba cabida a lo que en realidad podía sentir y querer. Su opinión no contaba. Pero por otro lado las normas de “onda” decían que tenía que acostarse tantas veces y con tanta gente como fuera posible. Tampoco en este sentido era tomada en cuenta. Es complicado responsabilizarse por sus acciones ―hombres y mujeres― cuando existen códigos que no conceden importancia al propio mundo interior. Hacerle ver a un hombre que “la violación también lo es a su propia dignidad masculina y no solo a la mujer violada” contribuiría a transformar la manera de enseñar la responsabilidad y el comportamiento social. Sus padres y maestros creían que las normas sociales la protegerían y que adherirse a ellas era una responsabilidad social. Argumenta que “si me hubieran educado para llegar a mis propias conclusiones acerca de qué normas eran congruentes con mi experiencia interior del mundo, esas normas hubieran tenido más significado para mí”. Está segura de que aprendiendo a pensar por sí misma es más fácil elaborar normas propias y no asustarse ante el riesgo de un ataque sexual.
A la voz de Gaitskill se pueden unir las de tantas mujeres que sujetas a normas de conducta estática, la toma de decisiones propias no es característica en sus vidas. Y una injusticia mayor es que al ser víctimas de un abuso sexual cargan con la culpa de que les pasó por no ser “buenas”, cuando tal acción no tiene nada que ver con su calidad moral.

Consecuencias de tal construcción
Cualquier ataque al cuerpo de la mujer es un ataque a su identidad y a su subjetividad. Las feministas pusieron en evidencia el daño psicológico deduciendo que su relación con el mundo, consigo misma, con su cuerpo y con su sexualidad queda marcada como algo terrible.
El cuerpo, tan propio, se torna algo ajeno y denigrado. La sexualidad, una vivencia de angustia, terror y dolor. La relación sexual se materializa en un acto de sometimiento y violencia. Sus deseos, voluntades, límites frente al mundo y los otros, han sido violentados.
La construcción genérica de la violación impacta en la mujer disminuyendo o anulando su poder, vulnerándola e imposibilitando el ejercicio de su derecho a la autodeterminación. La posibilidad de una reacción que le permita evitar ser violada o en caso de serlo, de recuperarse con éxito del daño causado, se ve limitada por la serie de condicionamientos que hemos visto. En el momento del ataque, es común que la mujer quede paralizada y cuando intenta reaccionar ya es demasiado tarde. Es presa de tanto temor por su vida, o por la posibilidad de provocar una mayor violencia, que opta por no ofrecer ninguna resistencia, quedando como una víctima pasiva. En este sentido, incluso es posible que después relate no haber sentido nada durante el acto, que haya disociado la mente del cuerpo para no sentirse sometida a la voluntad del otro. Y la experiencia posterior se caracteriza por un sentimiento de desamparo, de estar en peligro permanente, de ser diferente a los demás y de “estar sucia”, se siente insegura, con miedo, humillada, avergonzada y hasta culpable.
Las consecuencias llegan a ser reflejadas hasta en las recomendaciones que por lo general hacen diversas instancias ―procurar no viajar sola de noche; si se toma un taxi intentar que un conocido anote las placas; evitar caminar por calles mal iluminadas; no pedir aventón; no alardear que vive sola; utilizar medidas de seguridad como alarmas, cadenas en la puerta, etc―, las cuales dejan toda la responsabilidad de evitar la violación a las mujeres, presuponiendo que los hombres no deben preocuparse por reflexionar sobre el tema.

A manera de propuesta…
La violencia sexual está legitimada y justificada socialmente situándola como “inevitable”, responsabilizando a las mujeres, dotándola de un carácter biologicista, etcétera. Se requiere conocer la forma en que se vincula la masculinidad con la violencia y las posibilidades de reconstruir el vínculo. En este sentido, han surgido diferentes propuestas a partir de estudios multidisciplinarios de la violación. Se sugiere una concientización de los hombres, dejar de construir “hombres” bajo el parámetro de “masculinidad” (J. Vendrell). Otra propuesta es la de resignificar esta acción para que la prevención sea viable.
Sharon Marcus plantea la violación como un guión de género y sugiere verla no como la invasión de un espacio interno femenino, sino como la creación forzada de la sexualidad femenina como un espacio interno violable, y dada su condición de “construida”, evitable.

Hacia la prevención…
Marcus propone, a partir de un guión de la violación, aprender a reconocerla como una imposición sexista que es posible impedir, al tiempo que dejar de ver a las mujeres como inherentemente violables, dándoles, como actrices, un espacio para reescribir el guión.
Para mayor comprensión, aclara que el guión toma forma a partir de una gramática genérica de la violencia, refiriéndose a la estructura que asigna roles a los participantes y los induce a seguir reglas establecidas, es decir, como sujetos y operadores de violencia a los hombres, y objetos de violencia y sujetos del temor a las mujeres.
Si se deja de considerar la violencia como sexualizada donde las mujeres son blanco de ataque, para concebirse como de sujeto a sujeto ―como iguales― se desarticularía la violación, ya sea con una defensa verbal que niegue el poder del violador y afirme la capacidad de acción de la mujer; o con una física, que si bien es menos considerada en el imaginario femenino, también lo es en el masculino, por lo que obtendría mayores resultados al sacarlo de su papel de atacante omnipotente.
En lugar de imaginar al cuerpo femenino como indefenso, reconstruirlo como productor de miedo y un agente de violencia. Contrario a imaginar al pene como arma invulnerable, recordar la fragilidad de los genitales masculinos y de sus erecciones. Cuestionar los mitos que respaldan la violación y que estructuran las vidas de hombres y mujeres como esquemas culturales impuestos, contribuirá a la posibilidad de un cambio hacia la prevención a partir de ver en retrospectiva y de restar fuerza a tal acto. También hará comprender que no se basa en la superioridad física del hombre per se sino que éste sigue un guión social que le otorga dicha posición elaborada en relación a una indefensión femenina capaz de reivindicarse. Puesto que se educa a las mujeres para contribuir a mantener este poder, se puede actuar para destruirlo. Transformar el aprendizaje del habla femenina educada y desarrollar estrategias de defensa física personal son opciones de permuta del rol de los personajes.
Un mito recurrente es el de que ninguna mujer sana puede ser violada, ya que si así lo desea, puede evitarlo, pero ¿cómo se pretende que mujeres educadas para ser pasivas recurran a los mismos niveles de agresividad que los hombres? Se pide resistencia para demostrar inocencia a la hora de denunciar, cuando debería ser para la propia reivindicación.
Marcus subraya la presencia del lenguaje en la violación, del cual está imbricada a la vez que de interpretaciones y subjetividad. De éste hacen uso la mayoría de los violadores antes y durante la agresión física, mientras que las mujeres lo tienen culturalmente censurado para dar respuestas combativas, pues para ello no han sido educadas.
La normatividad contra la violación en las leyes procura que los hombres dejen de usar su “poder” para violar, cuando no implementa estrategias para que las mujeres incrementen su capacidad de enfrentarse a ellos. Por otra parte, los consejos de defensa personal van más en el sentido de técnicas pasivas pues suponen al cuerpo masculino como invencible, se refieren poco a las partes vulnerables de éste como blanco de ataque para las mujeres.
Es entones desde la educación (formal e informal) que la mujeres adquirirán una nueva actitud ante una posible ―y no inevitable― violación. Las cuestiones antes señaladas nos ofrecen una guía para los diferentes programas de estudio. Es preciso remover conciencias.

Conclusiones
La violencia sexual hacia las mujeres se tiende a minimizar. Podemos atribuir en gran parte a la acción de grupos feministas la atención que está recibiendo en lo político y en lo social, en tanto que implica un ataque a la libertad personal. Es preciso aclarar que se trata de un delito contra la libertad porque sucede en el ámbito de las relaciones de poder, donde se usa la fuerza y la coerción.
Desde una perspectiva feminista la noción de estrategias de resistencia ha sido usada para designar el conjunto de acciones que las mujeres realizan para enfrentar o desafiar la violencia sexista, con la pretensión de desplazar a la mujer de posición de víctima pasiva.
La importancia de nuevas interpretaciones es la de desmitificar la violación, de desarticular la omnipresencia masculina, situándolo en un nivel de poder igual al de la mujer, y de dotar a ésta de la determinación de considerarse persona y de luchar por no ser desvalorizada. Existe una relación entre la violación y el miedo. En tal caso, ¿hasta dónde una violación tiene éxito debido a los miedos de las mujeres?, a éstos que el guión adjudica de manera distinta en hombres y mujeres, pues el miedo masculino invita a pelear o a escapar, mientras que el femenino paraliza.
Si bien las mujeres tienen todo el derecho de hacer lo que esté en sus manos para evitar una violación, la solución del problema mediante la defensa física personal plantea un cambio cultural desde la educación, el abordaje social, etcétera. Por consiguiente, ante tal complejidad, se requiere una atención integral para transformar la cultura de la violación, es decir, desde investigación para conocer sus implicaciones y tener cifras de la realidad que vivimos; desde la educación con base en el respeto y conocimiento de nuestros cuerpos para desarticular los roles masculinos y femeninos frente al fenómeno; desde el trabajo con hombres para desmontar la idea de la potencia sexual como arma de sometimiento para sostener la estructura de una virilidad y hombría; desde la capacitación del personal que atiende casos de violación para que con un conocimiento de género no atribuyan responsabilidad y culpa a las mujeres afectadas; desde la legislación de normas coherentes que protejan a las mujeres en lugar de desampararlas.

1. Velázquez, Susana. Violencias cotidianas, violencia de género: escuchar, comprender, ayudar. Buenos Aires, Paidós, 2003.
2. Clasificación hecha por Marta Torres en Al cerrar la puerta. Amistad, amor y violencia en la familia. Estado de México, Ed. Norma, 2005.
3. Travesías 2. Violencia sexual: cuerpos y palabras en lucha. Buenos Aires, CECYM, 1994.
4. Laqueur, Thomas. La construcción del sexo. Madrid, Ed. Cátedra, 1994.
5. Aresti, Lore. La violencia impune: Una mirada sobre la violencia sexual contra la mujer. Nuevo León, Universidad Autónoma de Nuevo León, 1997.
6. Pateman, Carole. El contrato sexual. Barcelona, Anthropos, 1995.
7. Vigarello, Georges. Historia de la violación desde el siglo XVI hasta nuestros días. Montevideo, Ed. Trilce, 1999.
8. Vendrell, Joan, “Violencia sexual y masculinidad: sobre algunas consecuencias intolerables de la dominación masculina”. En Miano, Marinella (comp.), “Caminos inciertos de las masculinidades”. México D.F., Conaculta-INAH, 2003.
9. Testimonio recabado como parte del estudio realizado por el Colectivo Cine-Mujer para el mediometraje documental Rompiendo el silencio (Rosa Martha Fernández, México, 1979), producido por el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos. Tomado del artículo “La violación en México”, El machete, no. 2, junio de 1980.
10. Gaitskill cuenta su experiencia de una violación en “No ser una víctima: el sexo, la violación y el problema de obedecer las normas”, en Travesías 4. Cuando una mujer dice no es no, CECYM, 1995.
11. Marcus, Sharon. “Cuerpos en lucha, palabras en lucha”. En Travesías 2. Violencia sexual: cuerpos y palabras en lucha. Buenos Aires, CECYM, 1994.

 

 
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