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El precio de la verdad

publicado a la‎(s)‎ 7 oct. 2012 9:44 por Bethsabé Huamán
Los hechos


El sábado 7 de julio debuta el programa El valor de la verdad dirigido por Beto Ortiz en Frecuencia Latina. Se inicia con la joven Ruth Thalía Sayas Sánchez, de 19 años, sometiéndose al detector de mentiras y confesando a todo el Perú, delante de su ex-pareja y padres, como lo requiere el programa, experiencias privadas por ganarse 15,000 nuevos soles. Entre otras cosas, dijo haber hecho favores sexuales a cambio de dinero cuando trabajaba en un night club.


Tres días después, el martes 10, la familia de la joven denuncia su desaparición. El principal sospechoso es su ex-pareja Bryan Romero Leiva, con quien mantuvo una relación de tres años y de quien habría recibido una llamada antes de ser vista por última vez. Las autoridades interrogan al sospechoso quien acepta la llamada pero niega haberse encontrado con la joven. A su vez, la prensa le pide su opinión sobre las declaraciones de Ruth Thalía en televisión, a lo que dice “me sorprendió y en parte me quedé sentado (en el lugar del concurso) porque quería saber lo que era ella. Me hizo quedar en ridículo como un cachudo” (El Comercio.pe, 19 de setiembre 2012).


El 22 de setiembre se informa el hallazgo de un cadáver enterrado a cuatro metros de profundidad en Jicamarca. El cuerpo pertenecía a Ruth Thalía Sayas Sánchez. Bryan Romero siendo el principal sospechoso es detenido y ante la evidencia confiesa ser autor del crimen. 


Las verdades


En primer lugar, lo ocurrido nos habla de una creciente búsqueda de “dinero fácil”. Se busca obtener dinero, no por el trabajo sostenido, por desarrollar una carrera solvente, por apasionarse con un trabajo estimulante, sino, por ejemplo, hiriendo y ventilando intimidades. Los reality-shows llevan ya varios años en nuestro país y en el mundo, encargándose de cultivar en la población esta necesidad y el ráting corrobora que han tenido éxito en ello. El valor de la verdad en su primera emisión llegó a 19.2, colocándose en el número uno en sintonía. 


En segundo lugar, queda muy bien establecido que hoy en día la televisión en nuestro país cumple la función no de informar, ni de educar, mucho menos de difundir valores o enseñanzas o saberes buenos o importantes para la vida, sino que la televisión cumple la única y triste función de chismógrafo, que el único objetivo que la mueve es también el “dinero fácil”. Es por ello que en nuestra televisión nacional vale todo, vale la violencia, la denigración, la ridiculización, el insulto, la vergüenza, todo lo que pueda producir morbo e interés en una población ya bien educada a no tener ningún juicio ético ni moral sobre lo que se muestra. La ética es una palabra ajena tanto a la audiencia como a las grandes cadenas emisoras y la continuidad en el aire y el ráting mantenido de El valor de la verdad lo demuestra, así como que figuras públicas del ámbito político como PPK acudan a este programa.


En tercer lugar, vemos una sociedad pacata y tremendamente machista en la medida en que todo lo relativo a la sexualidad, sobre todo femenina, es visto de manera siempre denigrante y reprobatoria. Es por ello que una confesión sexual no solo es un escándalo sino que es peligrosa porque el mayor miedo social es hacia una sexualidad femenina no controlada, ni domada por el recato y el pudor, la sexualidad femenina libre es lo que más desequilibra una sociedad basada en la dominación del cuerpo de la mujer.


En cuarto lugar y relacionado con lo anterior, los hechos nos deberían llevar a meditar seriamente sobre los valores y los aprendizajes que la juventud peruana vive hoy en día y sobre todo en relación con las mujeres. Si una joven recurre a un night club, recurre a favores sexuales para ganar dinero, no es solo o en justificación a una necesidad económica, sino en respuesta a la falta de modelos estimulantes y enaltecedores para las mujeres. Los medios, la educación, el arte, la sociedad en su conjunto magnifica el cuerpo de la mujer y su sexualidad como únicos valores, por tanto, es coherente en ese escenario que las jóvenes no puedan pensarse fuera de parámetros en los que lo único valioso que pueden ofrecer es belleza o sexo.  


En quinto lugar, habiendo de por medio dinero, los cargos judiciales también muestran una preferencia hacia el dinero por encima de la dignidad y el respeto a la mujer. Como señaló el penalista Mario Amoretti, si se trata de un robo agravado por el asesinato, le corresponde la cadena perpetua; mientras que si es un crimen por las confesiones de la joven en el programa de TV, recibiría 35 años de cárcel (El comercio.pe 23 de setiembre 2012). En este caso, el móvil serían los celos y la salvaguarda de un “honor” (recordemos que Bryan confesó sentirse “cachudo”) que a la antigua se sigue pagando con sangre cuando es la mujer la protagonista. Por el contrario, cuando el hombre ventila deslices sexuales es siempre entendido como sinónimo de hombría. Por tanto, también es lamentable que nuestra sociedad no impulse nuevos modelos masculinos que no se basen en la idea de que la mujer es un objeto antes que un ser humano, ni que se creen relaciones de parejas basadas en la igualdad y el respeto mutuos.


Los actores


La responsabilidad de Beto Ortiz puede no ser legal, pero sí es moral, pues sin preocuparse de las consecuencias de las declaraciones de Ruth Thalía, sin pensar en su integridad física y emocional, en su seguridad, creó el escenario para que ella ventilara situaciones que claramente la ponían en peligro pues pocos hombres reciben la noticia de que su pareja o ex-pareja mantuvo relaciones sexuales con otros de manera amable, mucho menos si se lo dicen en su cara pelada y televisados. Conociendo el índice de feminicidios y los altos porcentajes de violencia familiar y sexual en nuestro país, habría podido actuar de manera un poco menos descarada.


Sabiendo además que El valor de la verdad es una copia de un programa colombiano llamado Nada más que la verdad, en el que las confesiones sacaron a la luz intentos de asesinatos entre cónyuges, contratación de sicarios y hechos relativos al narcotráfico, que también produjeron situaciones comprometedoras para los implicados derivando en violencia, Beto Ortiz pudo tomar las cosas de manera un poco más seria, pero nuevamente, gana lo “fácil” por encima de lo correcto, lo razonable, lo humano, lo ético.


Evidentemente el asesino y el culpable es Bryan Romero Leiva, pero programas como El valor de la verdad no están ayudando a evitar más muertes como las ocurridas, están reafirmando el orden de cosas y los imaginarios sociales que son los mismo que llevan a hombres como Bryan a matar a las mujeres de su entorno. Si Frecuencia Latina sinceramente deplora la violencia de género y los feminicidios y desea combatirla, sus acciones deberían empezar por preguntarse si programas como el dirigido por Beto Ortiz son parte de la solución o son más bien parte del problema.


Resulta curioso que Beto Ortiz se muestre ofendido por aquellos que han utilizado los hechos para cuestionar su programa televisivo y haciendo leña del árbol caído, quieran robarle ráting. Ha declarado que “usar este caso tan doloroso para fines de competencia, de arrancharse la publicidad, de golpear a un rival al que no se puede vencer en buena ley, ni siquiera vale la pena comentarlo” (El Comercio.pe 24 de setiembre 2012). Habría que devolverle la pregunta e invitarlo a pensar si ¿él no ha utilizado la dolorosa confesión de Ruth Thalía para fines de competencia, para ganar publicidad y asumiendo su experiencia de vida frente a la de una joven de apenas 19 años, no la ha vencido en mala ley y quizá hasta se ha aprovechado de ella?


Si bien la ministra de la mujer Ana Jara reclamó se haga justicia en este lamentable suceso y prometió apoyo a los familiares para la representación legal, pudo haber exigido que los gastos del entierro los cubriera Frecuencia Latina en vez de el Ejecutivo, pues lo que sí es claro es que el programa conllevó una importante suma de dinero para todos los implicados y por el contrario un terrible costo social para la familia y la comunidad. 


El caso de Ruth Thalía se ha hecho célebre por su aparición en televisión, pero así como ella, según estadísticas de organizaciones de mujeres que monitorean la violencia hacia la mujer en nuestro país, en lo que va del año 54 mujeres han sido asesinadas (Flora Informa. 26 setiembre 2012) siguiendo un patrón similar de celos, acoso y muerte. Sin embargo, los casos como el de Ruth cobran protagonismo solo en la medida que sirven para fines de ventas, cuando la sociedad debería de preocuparse por la integridad de cada una de las mujeres que habitan sus linderos. La sobreexposición de los hechos antes que ser un elemento disuasivo termina siendo un incentivo, sobre todo cuando se regodea en los detalles morbosos y no muestra respeto por las víctimas.


Algunas sugerencias


Lo ocurrido merecería que el público deje de ver el programa, que la primera sanción sea que como espectadores rechacen programas sin valores, porque nada más que chismes se pueden sacar de un programa así.


Sería coherente que los distintos actores sociales que se han manifestado, tomen el tema en serio y conjuguen acciones políticas en contra de la violencia hacia la mujer, en contra de los feminicidios, en contra de que se perpetúe la idea de la mujer como objeto sexual y en contra de una televisión basura.


A nivel más alto, si el gobierno no invierte en educación, en programas de educación sexual, si no se ocupa de la juventud, si no le da la oportunidad de desarrollarse en el deporte, en apasionarse por una profesión, sin que los valores que se esperan vengan y sean enseñados desde lo más alto, seguirá primando como única búsqueda válida el dinero y la idea de que para obtenerlo, como en la guerra y ahora en la televisión, todo es posible.